Notre-Dame en llamas. En el año 2019. Resulta increíble, pero la realidad siempre supera a la ficción: uno de los iconos de la cultura europea ha ardido de la manera más simple, sin que nadie haya podido evitarlo.
No obstante, un mero vistazo a la historia nos pone en nuestro sitio, pues estos dramáticos sucesos contra el patrimonio han ocurrido siempre y, aunque en menor medida que en siglos pasados, lamentablemente seguirán ocurriendo. Quizá un hecho así nos permita reflexionar acerca del rico patrimonio artístico con que contamos (y que no vuelvan a aparecer, por ejemplo, pintadas en la catedral de Santiago) así como sobre la obligación de transmitírselo a las generaciones venideras.

La aguja en cuestión
Dejando el suceso aparte, tengo que reconocer que el primer pensamiento que vino a mi cabeza fue el del dilema que su futura restauración va generar, un proyecto sin duda difícil de afrontar en un edificio icónico con cientos de años de historia. Aunque durante un tiempo de aquella tarde de lunes se temió por la estructura de la catedral, finalmente las bóvedas de piedra resistieron, siendo la principal afectada la aguja que coronaba el crucero. Esa aguja, sin duda interesante, no era ni mucho menos gótica, como al principio se decía. Tenía poco más de 150 años (lo cual no le resta valor, pero es preciso apuntarlo) y fue colocada -donde nunca existió ninguna precedente- durante la restauración neogótica dirigida por el arquitecto Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc, encargado de la gran restauración en estilo llevada a cabo en el siglo XIX.

Diseño de Notre Dame

DIseño planteado en el siglo XIX en Notre-Dame para restaurar el inmueble.

Violet-le-Duc o cómo alcanzar el estilo perfecto
La restauración como disciplina no tiene una trayectoria tan dilatada como pueda pensarse. Es cierto que desde la Antigüedad hay ejemplos de reformas, consolidaciones, restauraciones de bienes del pasado que pretendían conservarse, bien como testimonios del pasado, bien para prolongar su uso. Sin embargo, no fue hasta la toma de conciencia del valor del patrimonio, acaecida de forma más o menos consensuada en el siglo XVIII, cuando se plantea la cuestión de cómo intervenir en los edificios. Aquí es donde entra en escena Violet-le-Duc, arquitecto francés que desarrolló -en el momento de máxima ebullición de los historicismos- todo un corpus teórico, llegando a la conclusión de que debía salvaguardarse el estilo de los edificios, sin que la huella del restaurador quedase patente. Y no solo eso, sino que defendía la necesidad de mejorar los edificios hasta convertirlos en el ideal de cada estilo, incluso aunque nunca hubieran contado con esa configuración. Para Viollet:

VIOLET-LE-DUC“Restaurar un edificio significa restablecerlo en un grado de integridad que pudo no haber tenido jamás”.

De esta manera, diseñó la perfecta catedral de Notre-Dame en pleno siglo XIX, añadiendo elementos que nunca tuvo, como la maltrecha aguja(en este blog se explican muy bien algunos de los elementos añadidos).

Estas teorías quedaron ya superadas (usadas solo en momentos en los que ideológicamente se quería instrumentarlizar el patrimonio, puedes ver un ejemplo en Cáceres aquí) . Las teorías actuales caminan en la línea italiana de Camilo Boito o Cesare Brandi, que apuestan por conservar, añadiendo los elementos necesarios para la comprensión arquitectónica y funcionalidad del edificio, pero siempre dejando huella de los añadidos y restituciones y, sobre todo, siendo honestos con la historia y el inmueble.

Por ello, ¿qué debe hacerse ahora? Esa aguja forma ya parte de la imagen de la catedral, aunque careció de ella durante siglos. Entonces, ¿debe restituirse perpetuando así ese “falso histórico” gótico? Y si debe rehacerse, solución apuntada por la mayoría de los expertos ¿debe ser una copia mimética o puede plantearse un nuevo elemento con los medios y diseños del siglo XXI? ¿O quizá mejor el proyecto de Le-Duc? Sin duda va a ser un proceso interesante y no carente de polémica. Lo seguiremos muy de cerca. Si queréis conocer a fondo el tema os recomiendo el libro La clonación arquitectónica, de Ascensión Hernández Hernández, sencillo de leer y muy esclarecedor.

María Jesús Teixidó

ArsViventia

 

 

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